Características
La oración ignaciana está dirigida a un “Dios que trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir, se comporta como un obrero” (EE 236). El ignaciano está convencido de que Dios está trabajando en las personas para que se instaure en este mundo su Reino de fraternidad y justicia, y que cada día Dios saldrá a su encuentro, para mostrarle hacia dónde caminar y todo esto desde los movimientos internos que su persona experimenta ante las escenas cotidianas.
Efectivamente, se trata de construir una actitud contemplativa que me permita estar atento a los deseos que la realidad cotidiana produce en mi interior; es decir, dejarme sorprender por los rostros, los paisajes, los abrazos, la injusticia, la pobreza, las flores y las espinas, etc. Estar con los sentidos bien abiertos para experimentar al Dios encarnado, que me toca el corazón, para dejarme guiar hacia el compromiso por la fraternidad y la justicia.
La oración ignaciana distingue una oración formal de una actitud orante. La primera tiene que ver con el tiempo destinado a realizar algún tipo de oración con actitud de recogimiento, reflexión y escucha. La segunda tiene que ver con una actitud de escucha en todo lo que hago para detectar lo que Dios me muestra en cada realidad. La actitud orante hará más rica y profunda mi oración formal.
Precisando, la oración ignaciana formal tiene tres pasos: preparación, oración y evaluación. Lo más importante es lograr el fruto de la oración, no las horas que pueda pasar en la oración. El fruto de una oración tiene que ver con los deseos que surgen en mi interior y me acercan al modo de proceder de Jesús. Cada persona hace uso de las técnicas o modos que más le ayuden a lograr el fruto. Un fruto que se refleje en la construcción de actitudes que me permitan crecer en humanidad, en convicciones, en entrega al Señor y a los demás.
Los frutos de la oración formal se evalúan desde el examen de la oración, ahí me pregunto internamente: ¿Qué pasó? ¿Quién pasó? ¿Qué me pasó? Se trata de crear y desarrollar un corazón sensible al amor y a las invitaciones de Dios. Me permite leer la vida desde la fe y me pondrá en contacto con Dios desde y con lo más real de mí mismo. Dios está continuamente llevándonos hacia El en un modo y por un camino particular y original a cada uno de nosotros, del que no siempre somos conscientes.
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